Reencuentro
Al salir del aeropuerto tomé inmediatamente el tren. Hasta que salí del vagón me di cuenta de que estaba en otro mundo: una ruidosa muchedumbre multicolor me rebasaba mientras yo trataba de disimular mi desconcierto para no tener la misma cara de mis primos de Acayucan cuando los iba a recoger a la TAPO. Empujé como pude las maletas hasta llegar al Meeting Point, donde pude dedicarme solamente a encontrarte.
Entre las diversas formas busqué tu pelo rojo o tu diminuto cuerpo, tan pequeño que tantas veces había pensado mientras te abrazaba que jamás lograría que no te resbalaras entre mis brazos. Pasaron todos los rincones de tu cuerpo en mi mente antes de que tus manos frías me taparan los ojos... el ruido se detuvo. Sin ver, todo giraba como un remolino alrededor de nosotros hasta que respiré profundamente y no reconocí tu perfume. Toqué tus manos, pero no distinguí nada tuyo. Me las quité de los ojos y voltee agitado: tu mirada ya no brillaba, tu piel tenía un tono verdoso y tu pelo ya no era rojo, sino negro-azulado. Aún emocionado te abracé... tu cuerpo ya no tan pequeño no parecía deslizarse entre mis brazos.
Pensé en los ceros de la beca que tendría que pagar regresando a México, en las lágrimas de mi mamá, ¡en todo lo que dejé atrás por ese momento y ya no te reconocía!. Durante dos años me había tomado tus e-mails como ácidas aspirinas para llegar hasta aquí, esperanzas que me mantuvieron despierto después de tu traición y que me motivaban a alcanzarte, a demostrate que yo era el adecuado para seguirte por el mundo, no él.
Ya no encontraba nada conocido en ti, nada que te hiciera mejor que las demás, las que dejé por ti, ni nada que justificara tanto abandono para acabar aturdido en medio de una estación de trenes en Ámsterdam. Entonces, como si adivinaras, me besaste... tus labios seguían siendo los mismos. Mi respiración se agitaba reconocí tu olor detrás del inesperado perfume. Al abrazarte, mi barbilla volvía a encontrar el ángulo perfecto sobre tu cabeza. Me empezaba a gustar el nuevo olor negro de tu pelo. Entre mis brazos, parecía que fácilmente podías resbalarte y todo tuvo sentido, otra vez.
Entre las diversas formas busqué tu pelo rojo o tu diminuto cuerpo, tan pequeño que tantas veces había pensado mientras te abrazaba que jamás lograría que no te resbalaras entre mis brazos. Pasaron todos los rincones de tu cuerpo en mi mente antes de que tus manos frías me taparan los ojos... el ruido se detuvo. Sin ver, todo giraba como un remolino alrededor de nosotros hasta que respiré profundamente y no reconocí tu perfume. Toqué tus manos, pero no distinguí nada tuyo. Me las quité de los ojos y voltee agitado: tu mirada ya no brillaba, tu piel tenía un tono verdoso y tu pelo ya no era rojo, sino negro-azulado. Aún emocionado te abracé... tu cuerpo ya no tan pequeño no parecía deslizarse entre mis brazos.
Pensé en los ceros de la beca que tendría que pagar regresando a México, en las lágrimas de mi mamá, ¡en todo lo que dejé atrás por ese momento y ya no te reconocía!. Durante dos años me había tomado tus e-mails como ácidas aspirinas para llegar hasta aquí, esperanzas que me mantuvieron despierto después de tu traición y que me motivaban a alcanzarte, a demostrate que yo era el adecuado para seguirte por el mundo, no él.
Ya no encontraba nada conocido en ti, nada que te hiciera mejor que las demás, las que dejé por ti, ni nada que justificara tanto abandono para acabar aturdido en medio de una estación de trenes en Ámsterdam. Entonces, como si adivinaras, me besaste... tus labios seguían siendo los mismos. Mi respiración se agitaba reconocí tu olor detrás del inesperado perfume. Al abrazarte, mi barbilla volvía a encontrar el ángulo perfecto sobre tu cabeza. Me empezaba a gustar el nuevo olor negro de tu pelo. Entre mis brazos, parecía que fácilmente podías resbalarte y todo tuvo sentido, otra vez.

